Enloquecida por las miserias post-parto (y todo lo que me ha pasado en estos meses)

Ains señor@s, lo mío ya es un sin vivir. Si vivía enloquecida antes de bollicao (antes conocido como número 2), ahora ya debería renombrar este blog y llamarlo como pollo sin cabeza, com cagalló per sequia, como prostituta por rastrojo, como una loca. Y es que no me da la vida para nada. Entre el trabajo, los nenes, los médicos a los que sigo yendo y diferentes menesteres, no me he dejado caer por aquí nada de nada. Y con este párrafo quiero hacer propósito de enmienda y una promesa de volver cada semana, volver con la frente marchita a contarles mis miserias o mis chorradas. Y hoy comenzaré Enloquecida por las miserias post-parto (y todo lo que me ha pasado en estos meses) y ahora verán porqué.

La última vez que les conté mis historias por aquí estábamos todos con el mal de ojo… Bueno pues la cosa se puso muy divertida. Durante el fin de semana se me fue poniendo el ojo derecho como un cromete, el martes ya no pude ir a trabajar porque no lo podía abrir, y el jueves, para que todo se acabara de arreglar, tuvimos que ingresar a Bollicao por infección de orina. Todo divertidísimo. Y entre todo esto, las vacaciones y varias movidas de trabajo, he tenido que lidiar con diferentes contratiempos, miserias post-parto que se vuelven cotidianas desde el momento del parto hasta no sé muy bien cuándo después, y que ahora les voy a enumerar.

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  • Dios mío, no me contengo. Sí señoras sí. Tú vas a preparación al parto y a la fisio de suelo pélvico y te explica cómo empujar para no tener prolapsos. Y en el parto te dicen que lo hagas justo al contrario: mal. ¿Resultado? Fuerza descomunal y, durante unos días (afortunadamente) escapes indeseados. De pipí o, como me pasó a mí, de otras cosas. Así que amiga, calma tu ansia y espera unos días a comer sushi a riesgo de que la cosa se suelte demasiado y te lo hagas encima. Te lo digo por experiencia. De los pedetes ya no hablamos. Con prácticamente todas las amigas que he comentado el tema me dicen lo mismo: después del parto, lo de controlar los pedetes es misión imposible. Así que prevenidas quedan, que luego los perjumenes te suliveyan.
  • Pañales para todos. Con el nuevo bebé llegan a tu vida los pañales para él y las compresas de algodón para tí, algo totalmente incómodo y, para mí, antihigiénico. Esa sensación de estar todo el rato mojada no es para mí. Yo con el otro Pichón tuve cesárea, y el ginecólogo me dejó ponerme compresas normales, pero claro, esta vez de eso nada. Y es un infierno, sobretodo cuando estás fuera de casa, todo el rato con esa sensación de que vas a dejar huella y se va a desatar la matanza de Texas
  • Tus pechos, cántaros de miel. Y luego está el tema tetas. Una vez te ha subido la leche, es fantástico estar duchándote y que salgan los chorrillos disparados. Pero más fantástico es cuando ya decides dejar los discos porque parece que los escapes están controlados y te sube la leche a traición, en el lugar más insospechado, pongamos en una reunión de trabajo, y mojas toda la camisa, y se ve a simple vista. Oh Yeahhhhhh. El tamaño es otro cantar. Los escotes te quedan genial, pero yo que soy de tetilla pequeña, tengo ganas de que vuelvan a su tamaño normal, aunque muten en pimientos asados
  • ¿Talla grande o talla pequeña? Que momento. Cuando ya has dado a luz (y puedes volver a moverte con normalidad) tienes una sensación maravillosa de ligereza, delgadez… Que tiene una cara B. Porque toda tu ropa premamá te está enorme, y toda tu ropa de antes del embarazo te está pequeña. Qué bien, qué bien. El peso del embarazo no se suele perder automáticamente, es un proceso laaargo y claro, no te puedes hacer un armario nuevo para la transición. Mientras estás de baja no pasa nada, te plantas cualquier cosa y punto, pero ¿y cuando vuelves a trabajar y vestir con cierta dignidad se vuelve imprescindible? Pues ahí viene el disfraz, el armario cápsula extremo y el tetris mañanero. Es todo un reto buscar algo que te quepa, te quede medio bien y te permita sacerte leche/dar el pecho con cierta facilidad, a las 6 de la mañana, con la luz del móvil y sin hacer ruido. Hasta luego preciosos vestidos, hola uniforme de vaqueros y camisa blanca. Yo que algún día fuí una fashion victim
  • Gracias, faja. En serio, gracias. Gracias por ayudarme a moverme cuando mi barriga (y mis vísceras) estaban ahí colganderas después del parto. Gracias por sujetar mi abdomen cuando aún no tenía fuerza. Y gracias por hacer que parezca que vuelvo a tener el vientre plano. Tienes muchos detractores pero yo te defiendo, a pesar de que este embarazo no te he utilizado demasiado por las molestias que tenía. Algún día, recuperarás el lugar que mereces. Y ojalá pueda dejarte muy pronto, en el fondo del cajón de las braguitas 🙂
  • El día en el que te quedas calva. Ahí estás y tú con tu bebé, aún de baja, con las tetas controladas, sin compresa de algodón, más o menos acostumbrada a tus ojeras (y algunas afortunadas durmiendo del tirón)…. Y de repente un día te lavas el pelo y encuentras tanto pelo en el peine, que parece que vas a quedarte calva. “Es normal”, te dices. No se ha caído ni un pelo en el embarazo y ahora se te caen todos de golpe. Pero en tu fuero interno tienes ese miedo, y comienzas a ahorrar para comprarte una peluca o para ir a Svenson
  • Cicatrices, estreñimiento, dolores… Pues sí, de esto hay y mucho. Pero empecemos por lo escatológico. Debido a mis preciosas hemorragias en el parto, he tomado dosis doble de hierro durante bastante tiempo. ¿Y esto qué significa? Pues que ir al baño ha sido un infiernito. Hacerlo con dolor es horror pero hacerlo además sin hacer fuerza, es casi misión imposible, comas lo que comas. Una vez superado esto gracias a la avena y las verduras (y con sincero agradecimiento al universo por no tener hemorroides), hablemos de cicatrices. Las de la cesárea, duelen con el roce de la ropa y es molesto. Pero las genitales es otro tema. Otro temazo. Ojo con qué braguitas te pones. Y seis meses después y a pesar de la rehabilitación con Santa Agatha de mi Suelo Pélvico, cuando estoy muy cansada me duele el periné. Afortunadamente, la sensación de peso ha aminorado sensiblemente, cosa que me tranquiliza. Ahora que ya no tengo Diástasis de Rectos, no quiero que mi vegiga o mi útero prolapsen, la verdad.

De la depresión post-parto ya si eso hablaremos otro día, porque yo creo que superarla, lo que se dice superarla… Aún no la he superado. Y lanzo una pregunta (que probablemente nadie conteste): ¿Cuándo acaba el post-parto? ¿Cuando te baja la regla? ¿Cuando acaba la cuarentena? ¿Cuando tu hij@ se emancipa? ¿Nunca? Con amor, retransmitiendo desde el polígono as always…

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