Enloquecida por el síndrome del campamento

Oigan no sé si a ustedes les pasa, pero yo sufro de un grave síndrome del campamento. Y es que cada vez que me voy de viaje, ya sea a la Gran Manzana o a Badajoz, tengo que llevarme todo, absolutamente todo, como si me fuera a pasar un mes en medio de un bosque sin posibilidad de adquirir nada si se me olvidase. Y este verano lo he sufrido bastante, tengo que decir. Por eso hoy estoy Enloquecida por el Síndrome del campamento, y ahora verán porqué.

Pues como ustedes habrán podido comprobar debido a mi silencio administrativo en este foro, este verano he ido com cagalló per sequia entre el trabajo y el ocio (o sea, como excremento por vía fluvial). Y esto se ha debido, además de por mis vacaciones dispersas que más que bien, me han sentado mal, a que no he tenido ni un minuto para mingitar en mi adorado trabajo. Y lo he intentado oigan, tengo mil post empezados y sin acabar, pero como dice mi ídola Lucía Be no me ha dado la vida.

Y es que coger vacaciones a cachos (o que no te quede más remedio que cogerlas así) debería tener pena de cárcel, porque cuando empiezas a desconectar, vuelves al curre. Y claro, en 5 minutos ya no te acuerdas de dónde has estado, con quién o qué has hecho, y te invade la mierda. Así de golpe.

Bueno pues ya saben que después de sufrir el Síndrome de Martha Stewart me fuí a Eurodisney con Mariditos y Pichón, y perdí (como la mayoría de los mortales) mi dignidad turística por el camino. Lo siguiente que hicimos, así de un día para otro, fue irnos una semanita a Jávea, que es pijillo pero ya saben que me encanta. Y allí pues hicimos lo que se hace en Jávea. Dormir siestas de 2 horas, salir a cenar, ir a la playa, de paseo al Arenal y mucha, mucha piscina. Este año Pichón ha decidido modificar sus costumbres y hacerse una especie piscinícola, así que no hemos salido casi de la urbanización. Era despertarse (por la mañana o de la siesta) y decir: “a la pisci”. Y ala, la madre sufridora y mariditos a la pisci… Y así en bucle hasta que estuvimos más arrugados que una pasa.

Aquí, en Chamonix, cumpliendo con el bollo francés

Y aquí mi síndrome del campamento estuvo bastante desatado. Nos llevamos de todo: juguetes a gogó, toallas, ropa, comida, medicamentos, termómetro… Por llevarnos, nos llevamos hasta las almohadas. Como lo oyen. Eso sí, no llegué al límite de una chica que me contaron que veranea allí… Para pasar un mes en un apartamento con su maridito y sus dos hijos tuvo que alquilar una furgoneta que trasladó todas sus cosas de Valencia a Jávea. De las grandes eh? Me pregunto si se llevó los cuencos con popurrí para ponerlos por el apartamento y recibir a las visitas. Esto consuela a cualquiera, claro…

Después trabajé, y unas semanas más tarde nos marchamos a Alcossebre, y de allí, tras unos días de trabajo, no vaya a ser que se me olvide dónde laburo, a Chamonix, a que Mariditos cometiera una de sus locuras y corriera la CCC. Allí, además de comer la mejor fondue de la historia y cumplir a tope en cada desayuno con el bollo francés (y la mantequilla, of course), continué con el síndrome del campamento. En mi imaginación, Chamonix debía ser una especie de refugio para ermitaños o algo así… Nada más lejos de la realidad. Tiendas de todo tipo, restaurantes top, mucho fashionismo runner… (ya les contaré otro día qué es esto). Y hasta una tienda enorme de Chanel donde babear en la puerta. Y a ese paraíso de las compras yo me llevé de todo: ropa por un tubo, potitos por otro, toda clase de medicamentos, cosméticos… Y claro, eso sumado a que estuvo lloviendo hasta el día que nos fuimos, pues claro, solo nos dejó hacer una cosa: ir de tiendas. Creo que entramos a todas las de Chamonix.

Y por supuesto, al volver se produjo el síndrome del caracol: volver con más cosas de las que te fuiste… Trajimos impermeables, que nos hicieron mucha falta en esos días y algo peor: comida. Menos mal que no nos registraron las maletas, porque iban hasta arriba de queso oloroso, jamón sobrante, potitos, juguetes… Y hasta unos sandwich mixtos prefabricados… Si es que con la edad vamos a peor…

Mención a parte tienen dos sucesos:

  • El atracón de chuches artesanas que nos hicimos RollingFood y yo, intentando que el Pichón no nos viera, con premeditación, alevosía, maldad y “serditud” (pero mucha).
  • El “Melendi” que se marcó mi padre en el último avión que cogimos, de Zurich a Valencia: Se compró un bocata y una cerveza de medio litro y se lo subió al avión. Intentó comérselo mientras despegábamos pero lo disuadimos con miradas asesinas. Y antes de que se apagara la señal, desplegó la mesa y se puso a zampar. La azafata le riñó por partida doble, por desplegar la mesa y por la cervezola pero claro, le vio la cara de pobre hombre… Mi padre, contundente, le dijo “no te entiendo“, y bebió un trago enorme a su cerveza de medio litro mientras la miraba a los ojos desafiante…

Y ahora prometo regularidad… A quien corresponda, porque como no me lee ni el tato… 😛

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