Enloquecida por la operación pañal

Pues oigan yo pensaba que esto iba a ser terrible, el ocaso, toda la casa meada y cagada por doquier… Pero no. Misteriosamente, todo ha ido bastante bien. Este verano me entraban los siete males de pensar en quitarle el pañal a Pichón, pero ha sido bastante mejor de lo que pensaba. Eso sí, nos ha dejado varios momentazos que voy a narrarles a continuación con esta plumilla marisabidilla que me caracteriza. Por eso estoy Enloquecida por la operación pañal y ahora verán porqué.

Yo, que soy una mujer previsora, el viernes antes de empezar me fuí al Primark y le compré al susodicho 20 pares de calzoncillos. Así, para empezar. Y es que mi cuñada me había dicho “En Primark valen 30 céntimos, así si se hace caca, que lo tiren y en paz”. Pues yo le hice caso, salvo que al final he quitado cacas, aunque me prometí a mí misma que no lo haría.

Al día siguiente, con cronómetro en mano, mariditos y yo comenzamos con la operación pañal propiamente dicha. Cada 20 minutos Pichón al water, y tanto le insistimos, que llegó un momento que le decíamos “¿vamos a hacer pipi?” y él contestaba “nooooooooo” y no nos llamaba cansinos porque no sabía. El día se saldó bastante bien para ser el primero: 6 pipís, un par por la mañana y todos los demás por la tarde.

operacion-panalEl domingo me libré por los pelos. Antes de que le quitara el pañal se hizo la caca. ¡Bien! Porque era de las feas… Y a partir de ahí la verdad es que muy bien. El pichoncio solo se hace pis porque está absorto jugando o absorbido viendo los dibujos. Los pipis están absolutamente controlados, incluso este puente, que hemos estado de viaje, ha hecho pipi como un campeón en la calle o donde se terciara. Solo ha habido que cambiarle porque la (torpe) de su madre, no controla la colita, y siempre le acaba manchando los pantalones, tanto de pie como sentado… Claro, como yo no tengo…

Y es que manejar esa manguera incontrolable no es moco de pavo, la verdad. Yo siempre le acabo mojando, o mojándome yo, que no sé qué es peor. Si estamos en casa, se me olvida “bajar” la cosa y le mojo el pantalón, a pesar del adaptador que tiene una especie de barrerilla antiescapes. Y cuando estamos fuera, aunque le baje los pantalones hasta los tobillos al pobre, siempre alguna gotilla cae donde no debe. Y cuando hace caca… Ay entonces… Como al pobre le cuesta, quiere que me siente con él en el suelo hasta que lo logra, y allí estoy sentada delante suyo, alerta para no acabar bendecida por su agüita amarilla

La caca ya es otro cantar. Hasta hace bien poco de repente se ponía muy serio, se hacía el asustadizo y decía muy bajito “caca” cuando el mal ya estaba hecho. Y allá estábamos quitando bolas (y menos mal que son bolas). Pero la liada más parda se la hizo a mi madre.

La pobre lo traía del cole en coche y, cuando lo estaba sacando, diarrea. Fatal. Lo tumbó en el coche y todo el asiento pringado. La silla del coche, la camiseta por toda la espalda hasta la nuca (pantalón y calzón of course), y hasta la propia abuelita, que tenía teñido de marrón pañuelo, camisa, pantalón… Un poema. Total, que allá se volvieron los dos a mi casa, con un hedor fantástico. Cuando llegué, mi pobre madre tenía la cara descompuesta y buscaba compulsivamente colonia en mi aseo, después de lavarse las manos unas 200 veces. La que has liado Pinchoncio…

PD: Después de estos dos post un poco fuera de horario vuelvo a la normalidad de los viernes (salvo lío monstruoso). Así que esta semana les tocaré las narices dos veces, lunes y viernes. He dicho.

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