Enloquecida por el método Konmari

Si me lo llegan a decir hace unos años no me lo creo… Estoy obsesionda con poner orden en mi casa. Ob-se-sio-na-da. En cuanto tengo un rato libre (véase sin marido ni niño, o con marido y/o niño entretenidos) me pongo a ordenar y a tirar cosas. Y todo “gracias?” a la lectura del libro de la japonesa de la que todo el mundo habla y de su famosísimo método, y de su “spark joy“. Por eso hoy estoy Enloquecida por el método Konmari, y ahora verán porqué.

Si han visto alguna de mis fotos en Instagram, habrán visto que algo me está pasando. Yo era de esas que no perdía el tiempo ordenando nada porque en la vida hay cosas mejores que hacer. Cuando mariditos comenzó a visitar mi casa se encontraba todos los bolsos que había llevado esa semana en el brazo del sofá sin ningún pudor, como en una exposición.

Tenía algo en el interior del armario que él mismo llamaba “el ovillo“, véase: Una bola de ropa que no dejaba por el medio pero que guardaba todo en un ovillo, dentro del armario. Y que misteriosamente, nunca se arrugaba: cuando cogía algo del ovillo, siempre parecía planchado.

img_0339Bueno pues esa yo está pasando a mejor vida. Ya al final del embarazo, sufrí un síndrome del nido extremo. Limpiaba sobre lo limpio, ordené toda la casa, me puse a limpiar las paredes… Todo eso con una barriga que rozaba lo paranormal, que provocaba murmullos y miradas de asombro cuando caminaba por la calle. Palabra. Conforme el pichón crece, ese ansia por el orden y el olor a pino de los productos de limpieza ha vuelto de una manera feroz.

Y después de leerme el libro La magia del orden, de Marie Kondo, esto ya está siendo el acabose. No hay bolsos por el medio (o al menos, solo hay uno), ni chaquetas, ni papeles, solo los inevitables juguetes (no he conseguido que el pichón se contagie, es muy pequeño).

Cada vez que tengo un hueco ordeno un cajón. Tiro papeles. Tiro cosas caducadas que antes nunca revisaba (vale, igual una vez cada dos años). ¿Quién eres y qué has hecho conmigo Konmari?

Mariditos no se ha contagiado de mi fiebre y me mira con extrañeza cuando doblo la ropa meticulosamente, o cuando abre uno de mis cajones… y está asquerosamente ordenado. Porque además, he aprendido a doblar la ropa. Según la inventora del método Konmari “no se puede ir por la vida sin saber plegar la ropa“. Pues bien, ahora ya soy adulta, ya sé plegar la ropa. Ya puedo levantar el vuelo. Ya he “matado al padre”.

Mi armario, el comedor y algo a lo que antes llamábamos “habitación del pánico” (imaginen, imaginen…) han sufrido ya las consecuencias de la nueva yo. Mi casa a veces sigue pareciendo Beirut, pero ha mejorado bastante. Lo siguiente será la cocina, el cuarto del pichón y el cuarto de baño. No quiero ni pensar lo que sucederá si me quedo de nuevo embarazada… ¿Inventaré mi propio método Konmari? De momento, mejor no comprobarlo…

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