Enloquecida con la pérdida

Perder a un ser querido nunca es tarea fácil. Y mucho menos cuando se trata de un hermano, abuelo, padre, marido, mujer o madre. Pero todavía debe ser peor cuando, al que pierdes, es a tu hijo.

Se fué hace una semana y no puedo escribir chorradas, por eso falté a la cita del viernes. Fueron días primero de incertidumbre, nervios y ansiedad. Luego de tristeza, desconcierto, rabia, cansancio…

El peor día nos apretujamos todos, muy juntos, en un banco de la iglesia. Todos nos tocábamos, como sujetándonos, como diciendo, tranquil@, estoy aquí, yo te sujeto. Si no me sueltas, no caerás a ese abismo.

Y ahora queda el vacío. Huecos en las mesas, flores en los taquillones con fotos, niñas que preguntan por su papá y muchos “lo siento”, “qué fuerte” y “no hay palabras”.

Tú intentas ser fuerte y casi lo logras y mientras, sus dos mujeres, su madre y su mujer, lloran, sonríen y piensan cómo seguir adelante. Demasiados “Ay!”, demasiados “adeu fill” y demasiadas lágrimas a escondidas.

Te fuiste pronto. Te extrañamos.

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